martes, 13 de marzo de 2018

LA NOCHE ES JOVEN - PARTE 4


Conforme avanzaba por la pavorosa avenida, me daba la sensación de que los edificios me vigilaban al mismo tiempo que me flanqueaban el paso, así como los grotescos parterres y las espantosas gárgolas. Lo peor era que, por más metros que dejaba atrás, no me cruzaba con otras calles. Tampoco había plazas o monumentos, ni detalle alguno que rompiese con la perturbadora monotonía de aquel recorrido, propio de una pesadilla. Quería creer que estaba en mitad de un mal sueño, que en verdad no había despertado y que aquello formaba parte de los efectos secundarios de los que Bernard me había prevenido. Sin embargo las sensaciones se alejaban por completo de las que se tienen cuando se profundiza en el mundo onírico. Era demasiado vívido, excesivamente real, tanto en apariencia como en nitidez en cuanto a que podía hacer uso de los cinco sentidos, algo que en los sueños es imposible, pues siempre que estamos dormidos y cruzamos la puerta del plano astral se nos priva de alguno de ellos. Tanto los colores como las formas que me rodeaban resultaban ser de detalladas texturas; el sonido obsceno de los arroyos de sangre corriendo por la calzada llegaba hasta mis oídos con ominosa claridad; el tacto del suelo con mis pies era tan firme que, si se me ocurría pisar o patear el suelo con demasiada fuerza, no podía evitar experimentar un leve dolor; en el aire flotaba un olor a miel, lilas y jazmín, mezclado con el de flores de naranjo, que resultaba empalagoso, y mi nariz no se libraba de este aroma; en cuanto al sentido del gusto, no tuve oportunidad de ponerlo a prueba, aunque he de decir que, de haber tenido ante mí algún alimento de inmediato hubiera desechado la idea de llevármelo a la boca, pues seguro que cualquier cosa comestible generada en aquel mundo depravado no podía ser saludable. 

Si, como digo, me fiaba de la agudeza de mis sentidos, podía tener la certeza de que aquello era real. Por alguna extraña razón, conforme mis pies me conducían azarosamente hacia algún lugar indeterminado, iba olvidando ciertos detalles de mi propio pasado reciente, detalles que más tarde regresarían a mi cerebro, tales como la existencia del señor Keatin o, inclusive, de mi buen amigo Bernard. 

Empezaba a sumergirme en pensamientos que me asaltaban de improviso, dejándome estupefacto pero, igualmente, dando pie a desarrollarlos. Me preguntaba cómo volver a mi casa. Ahora más que aterrado me sentía desorientado. Me daban igual aquellas formas demoníacas de piedra y los demás elementos dantescos. Cuanto más caminaba más comprendía que, de algún modo extraño, había entrado en una calle de la que no se podía salir, por más que esto sonase incongruente. Lo único que me parecía que podía tener sentido es que, quizás, el punto por el que me había colado en aquella horripilante avenida había sido sellado u ocultado de alguna manera. Quizás alguien se había propuesto hacerme algún tipo de broma, aunque ignoraba el objeto de la misma, y no se me ocurría quién podía estar detrás de semejante inocentada de mal gusto. También llegué a pensar en cuánto había cambiado mi ciudad en tan poco tiempo, probablemente como reflejo de una sociedad decadente y de ideales marchitos, pero no llegué a plantearme siquiera cómo podía ser esto posible ni a razonarlo en lo más mínimo, ya que mi mente, cada vez más deteriorada, solo se limitaba a escupirme ideas sueltas; no era capaz de hacer cuestionamientos complejos. 

Magnitudes tales como el tiempo, que parecía no transcurrir, y el espacio, pues todo era igual sin importar cuánta distancia recorriese, daban la sensación de no tener cabida en ese lugar, y los únicos sonidos eran los de mis pasos (los cuales aceleraba cada vez más), mi respiración agitada y la sangre desplazándose. O, por lo menos, lo fueron hasta que una especie de mugido prolongado hizo que me estremeciera y me detuviera de súbito. Aquel ruido atroz llenó cada rincón del tenebroso paisaje y no pude intuir su lugar exacto de procedencia, aunque solo podía venir de uno de los edificios que me rodeaban, porque a esas alturas me costaba creer que más allá de estas oscuras construcciones hubiese algo. Durante un tiempo (si se me permite hacer uso de esta falacia, ya que, reitero, esta dimensión no existía allí) el corazón pareció que me iba a salir por la boca. Tardé mucho en relajarme. Seguramente porque la tranquilidad que había experimentado desde mi llegada había ayudado a que aquel nuevo ruido destacara mucho más. Pero cuando conseguí serenarme, retomé mi enloquecido paseo mientras me preguntaba quién en su sano juicio tendría un toro o una vaca encerrado en su casa, máxime cuando ésta estaba dentro de un edificio cerrado.

No tardé en escuchar de nuevo aquel mugido; me estremecí porque esta vez lo oí más cerca y con más fuerza, como si lo tuviera al lado. Giré la cabeza a mi derecha y mis ojos se posaron en la puerta de uno de los edificios, la cual estaba abierta. Me pregunté si había llegado al punto de partida, aunque según recordaba (si es que podía fiarme de mi memoria desgastada) la puerta de la que había salido se había cerrado en cuanto había salido de la casa; casa a la que no recordaba por qué había ido, pero eso no me importó en ese momento. Por tercera vez, el mugido vino a hacerme temblar. Sin embargo, por alguna razón que no cabría en ninguna mente cabal, algo me empujó a cruzar el arroyo de sangre y me introduje en el edificio, cuyo interior despedía una oscuridad impenetrable. No obstante me llevé una nueva sorpresa cuando crucé el umbral.
Me había imaginado que estaría en una torre con las paredes surcadas por una escalera de caracol que me conduciría hasta la cima, pero en lugar de eso me encontraba en un nuevo paisaje abierto. Esta vez, en lo alto de una colina carente de vegetación que parecía haber sufrido no hacía mucho las consecuencias de una tormenta de especial virulencia o monzón. Y es que era un enorme montículo de barro. En cuanto puse los dos pies encima me di cuenta de que aquello no era un lodo común, sino que había ido a parar a unas arenas movedizas. Para cuando me di cuenta de mi error fatal y quise reaccionar ya era tarde, pues ya empezaba a hundirme y el barro me trepaba hasta las rodillas; apenas habían hecho falta unos segundos para darme cuenta de que iba a morir allí. 

Mientras luchaba inútilmente por escapar de la fatalidad, pude ver por el rabillo del ojo el cielo violeta y las altas torres como obeliscos que lo pinchaban, a lo lejos. Pero eso no fue todo. Allí, a escasos quince metros, estaba la criatura que me había atraído con su canto infernal.







domingo, 25 de febrero de 2018

LA NOCHE ES JOVEN - PARTE 3



El señor Keatin traía consigo una silla de mimbre en su mano izquierda y una vela encendida, de color blanco, en la mano derecha, además de un semblante carente de expresión que estaba muy lejos de ser capaz de transmitir confianza, cosa muy diferente a lo que había sido propio en el mayordomo hasta hacía poco tiempo. Dejó la silla en el suelo, a escaso medio metro de donde yo estaba, y me indicó con el dedo que me sentara en ella. No me atreví a preguntar qué es lo que tendría que hacer, simplemente me limité a seguir las instrucciones que el señor Keatin me iba dando, obedeciendo a la voluntad de Bernard quien, desde su posición de moribundo, observaba la escena con los párpados prácticamente juntos. 

Una vez sentado, el señor Keatin se arrodilló frente a mí, y mientras acercaba la vela a mi rostro, dejando la llama a poco más de veinte centímetros de mi nariz, extrajo un reloj de plata del bolsillo de su chaleco y dejó que este se balanceara, sosteniéndolo del extremo de la cadena a la que estaba sujeto. Sin poder evitarlo, mi mirada abandonó la imagen de mi amigo Bernard y se posó en la esfera del reloj en el momento en el que éste terminó su balanceo y se quedó completamente inmóvil. La amalgama de estímulos resultante del movimiento de la aguja que marcaba los segundos, junto al sonido del tic-tac y el resplandor titilante de la llama que estaba a su lado, no tardó en producir en mí un efecto de relajación intenso que escapaba a mi entendimiento; era algo que no podía dominar, aunque recuerdo a la perfección cómo en ese momento me decía a mí mismo que debía mantenerme lúcido si quería permanecer a la altura de las circunstancias. Sin embargo ese no era el propósito del mayordomo, quien en voz baja, casi entre susurros, dijo:

-Déjese llevar, Charles. Permita que la calma se apodere de su cuerpo, de sus músculos, de sus huesos, de su torrente sanguíneo… y, sobretodo, de su mente. Relaje su mente, Charles. Observe la aguja y la llama, déjese llevar por las sensaciones que le producen. No piense, simplemente relájese… y duerma, Charles, duerma…

Todo esto lo decía el señor Keatin con un tono de voz sumamente pausado, con una musicalidad que me recordó al sonido que producen las flautas que utilizan los fakires en su famoso truco de encantamiento de serpientes. A pesar de la promesa que le había hecho a Bernard, estuve a punto de echarme atrás porque, de nuevo, la idea de estar sometido bajo la voluntad de otra persona me desagradó enormemente. No obstante yo ya no era dueño de mí mismo, aunque no era consciente de este hecho, y creí estar decidiendo seguir adelante con el proceso al tiempo que la voz de Keatin sonaba cada vez más lejana y notaba mi cuerpo cada vez más pesado, y mis ojos se iban cerrando poco a poco, sin que yo pudiera evitar empezar a dar violentas cabezadas que estuvieron a punto de derribar la vela que sostenía el mayordomo. 

Finalmente cerré los ojos con tanta firmeza que bien podría haber parecido que alguien les hubiese puesto un candado, pero justo antes de que esto pasara alcancé a percibir una imagen que me heló la sangre, aunque aún a día de hoy no estoy seguro de que lo que vi no fuera más que el producto de mi excitada imaginación. Como digo, algo llegué a apreciar sin que la magia del hasta entonces benevolente Keatin pudiera evitarlo, y fue la cara de Bernard saliendo de entre las mantas, revelando unos rasgos que no podían ser humanos; más allá de la piel apergaminada y agrietada como síntoma de la misteriosa enfermedad, me pareció intuir en la parte inferior de su rostro deforme una boca enorme plagada de dientes puntiagudos y afilados y una larga lengua bífida. Pero entonces lo único que pensé era que estaba en mitad de uno de esos sueños terribles de los que Bernard me había advertido, así que  solo pude dejarme llevar por la magia del mayordomo, sin darle más importancia al asunto. 

Todo esto pareció durar apenas un instante. Cuando quise darme cuenta tenía los ojos abiertos y seguía sentado en la incómoda silla que el señor Keatin me había proporcionado. No obstante, debí estar dormido más tiempo del que yo pensaba, y es que, como todos sabemos, en el mundo de los sueños los minutos y las horas transcurren de manera muy distinta a  como lo hacen en el mundo físico. Lo cierto es que la habitación se hallaba en penumbra. Solo el tenue haz de luz del débil alumbrado público que penetraba por la ventana daba un toque de iluminación a la estancia que, con la llegada de la noche, había adquirido un aspecto tenebroso. Además, el señor Keatin se había marchado, dejándome a solas con mi amigo.

Me notaba físicamente aturdido. Era como si hubiese hecho un gran esfuerzo durante horas, o como si acabase de correr una maratón. Por lo demás, mi mente estaba tranquila y no albergaba recuerdos sobre pesadilla alguna. Pensé que el bueno de Bernard había estado equivocado en sus divagaciones sobre las oscuras consecuencias de someterme a aquel experimento onírico, lo cual agradecí profundamente. Por otra parte, fueran cuales fuesen las descabelladas ideas que habían llevado a su agonizante cerebro a creer que hipnotizarme podría servir para mejorar su crítico estado de salud, solo podían tener cabida en la mente de un enfermo cuyos delirios superaron hacía tiempo los pensamientos racionales que un hombre tendría en su sano juicio. Me consolé pensando que, al menos, podría proporcionarle alivio emocional con mi presencia.

Me puse en pie y me acerqué a la cama mientras me masajeaba las sienes para ver si de ese modo lograba despejarme. Mi sorpresa fue mayúscula cuando comprobé que las sábanas estaban echadas a un lado, mostrando un vacío que no parecía posible un rato antes. Supuse que Bernard debía haber acudido a la letrina de la planta inferior, pero pronto deseché esta idea ya que el cubo que descansaba al lado de la cama, dispuesto allí con la intención de que el enfermo no tuviese que esforzarse más de lo necesario, estaba limpio. Del mismo modo resultaba extraño pensar que hubiese acudido al comedor, ya que me constaba que el mayordomo le subía la comida a sus aposentos, como debía ser. 

Recorrí la casa. Cada habitación estaba vacía. Era como si a sus dos únicos habitantes se los hubiese tragado la tierra. ¿Acaso, mientras yo estaba dormido, el estado de mi amigo había empeorado y habían tenido que trasladarlo al hospital? O, peor aún, quizás ya había muerto y el señor Keaten no había tenido la deferencia de despertarme. De ser así, me dije, no le perdonaría jamás semejante negligencia y falta de respeto, por impedir que me despidiera de mi mejor amigo y que atendiera a sus últimas palabras, como seguramente hubiese tenido oportunidad de hacer. Así pues, me arrebujé en mi abrigo y salí a la calle para dirigirme al centro sanitario, que por suerte no se encontraba lejos de allí. Y al abrir la puerta me topé con una nueva visión estremecedora para la que no estaba preparado. Tanto es así que me faltó poco para desmayarme, aunque no quisiera subrayar este detalle, pues me avergüenza mi falta de arrobo en determinadas circunstancias y lo sencillo que resulta alterar mi estado de ánimo.

Las casas próximas habían cambiado completamente. En lugar de construcciones de estilo victoriano de como mucho tres plantas, había edificios de posiblemente doscientos metros de altura y acabados en punta, como obeliscos, con fachadas metálicas y brillantes sin ventanas, que reflejaban el siniestro paisaje compuesto de árboles marchitos de hojas negras creciendo en las aceras de obsidiana, antorchas de fuegos de color verde colgadas de las paredes como sistema de iluminación, parterres de cabezas de diferentes mamíferos (a simple vista se apreciaban las de perros de distintas razas, caballos, ratas y alces, entre otros) plantados a los lados de las puertas de dichos edificios, y ominosas gárgolas erigidas en las esquinas cuyas bocas manaban sangre, la cual formaba arroyos que recorrían la ancha calzada que se perdía en el infinito.  

Cuando conseguí reunir el valor suficiente para moverme, mi mente seguía siendo una papilla inservible incapaz siquiera de hacerse preguntas. Solo puse un pie detrás del otro, sin apenas esfuerzo, a pesar del terror que me embargaba. Finalmente dejé atrás la casa de Bernard. A continuación alcé la mirada. El lugar de donde había salido también era uno de esos edificios grotescos; de no ser por que la puerta de entrada estaba abierta, hubiese resultado imposible diferenciarlo del resto. 

viernes, 12 de enero de 2018

LA NOCHE ES JOVEN - PARTE 2



Acudí a la vivienda de mi amigo Bernard, tal y como me había suplicado con enfervorecido ahínco a través de una misiva, en la que me hablaba de una terrible enfermedad que venía sufriendo en las últimas semanas. En dicha carta no me había dado más detalles, simplemente aludía a un mal que le mantenía postrado en su lecho y que le incapacitaba para ejercer tareas tan sencillas y básicas como redactar un escrito, algo que, de hecho, había tenido que dejar en manos de su fiel mayordomo, el señor Keatin. Por todo ello sentía yo una curiosidad desalentadora. No veía cómo podía ser de utilidad para que el restablecimiento de la salud de Bernard fuera posible, tan solo intuía que mi papel en esta historia consistiría en la de ofrecer el apoyo en las últimas y lastimeras horas de quien había sido mi amigo desde que ambos teníamos uso de razón, algo que, tal vez, serviría de algún modo a mitigar su dolor. Pero por otro lado, en un alejado rincón de mi corazón creía en la posibilidad que se me había propuesto. Puede que la razón, como suele pasar en estos casos, estuviera sensiblemente nublada por un atisbo de esperanza al que yo me sometía por temor a enfrentarme a la realidad, esa que nos hace palidecer de espanto son solo atrevernos a imaginarla.

Me recibió el señor Keatin. Su semblante serio y pálido no hacía presagiar nada bueno. Sus rasgos, aunque siempre acentuados por el semblante serio de un hombre entregado al recto servicio de cuidar una casa y a su señor, habían sido siempre, no obstante, el reflejo de un ser afable, de tez clara y mirada cálida de ojos castaños que contribuía a que aquel hogar solitario y semivacío ofreciese a quienes lo visitaban una acogida siempre grata. El mayordomo era un hombre servicial y de modales intachables. Gracias a él nunca faltaba de nada a los invitados ni, como no podía ser de otra manera, al exigente Dioniso que gobernaba la casa, el alocado Bernard eternamente sediento de fiestas y de nuevas compañías. De alta estatura, muy próxima a los dos metros, solía dedicar su sonrisa desde las alturas de su cuerpo delgado y recto, como una vara recién tallada y pulida. Sin embargo, en aquella ocasión, me saludó con los hombros encogidos, como si una carga invisible oprimiese su ser, o la fuerza de unas garras le estuviesen estrujando el cuerpo en un abrazo mortal, y su rostro estaba más ceroso de lo normal, era la cara de un fantasma que acabase de cruzar el umbral del Más Allá para abrirme la puerta. Sus ojos ya no eran leña junto al hogar, sino cáscaras vacías que emitían apenas un fulgor espectral, y su voz era como un gruñido de ultratumba, el rascar de un guijarro sobre una pizarra. 

Pese a su aspecto poco halagüeño, Keatin se mostró igual de diligente que siempre y, tras cerrar la puerta a mi espalda, me pidió que le siguiera escaleras arriba, ya que, y esto son palabras textuales suyas, el moribundo me estaba esperando desde hacía ya demasiado tiempo, más del que prácticamente estaba dispuesto a soportar. Así pues le hice caso, ya que yo también ardía en deseos por conocer la naturaleza de la enfermedad de mi amigo, y si podía hacer algo por remediar su, en apariencia, fatal estado. 

El mayordomo me dejó a solas con Bernard, pero si la figura del sirviente me había provocado un impacto del que aún no había logrado sobreponerme, lo que vi sobre la cama me resultó tan penoso que no pensé que pudiera lograr mantener mis ojos fijos en aquella visión durante más tiempo.

Bajo un puñado de arrugadas sábanas manchadas con el olor característico de la enfermedad y la putrefacción, yacía mi amigo con el rostro apenas visible, solo la mitad superior desde la nariz hasta su pelo, normalmente de aspecto envidiablemente saludable y brillante, ahora grasiento de no haber sido lavado durante semanas e invadido por infinidad de pinceladas blancas; solo algunas manchas negras atestiguaban el antiguo parecido con la obsidiana que siempre le había caracterizado. Su cara no parecía recubierta de piel, sino de una especie de pergamino milenario, arrugado y agrietado, blanco como la cal, que parecía estar a punto de desprenderse de un momento a otro. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Sus pupilas eran apenas dos puntos diminutos, como dos estrellas solitarias en un firmamento plagado de nubes. Y sus manos, las cuales asomaban sobre las sábanas, como garfios aguileños recubiertos de callos y estrías, se asemejaban a dos puñados de ceniza capaz de esfumarse en el aire con apenas dirigirles un leve soplido, grises y malformadas, con cinco ramificaciones retraídas que podían recordar, con el uso necesario de la imaginación, a dedos humanos. 

Me arrodillé a su lado, sin saber qué decir ni cómo actuar, sin tener la menor sospecha de si Bernard era consciente de mi presencia, pues sus ojos no se habían movido ni habían parpadeado ni una sola vez desde mi llegada, y de su boca apenas manaba más que una respiración difícil de percibir. Al fin decidí que lo mejor sería anunciarle mi presencia, y así lo hice, entre balbuceos, sin ser capaz de elevar mucho la voz por si el sonido repentino de mis palabras pudiera provocar al moribundo tal sobresalto que significase su muerte. Sin embargo, Bernard reaccionó con parsimonia, entonando unas palabras que, aún a día de hoy, me siguen causando escalofríos, no por aquello que dijo, sino por lo que significó más adelante.

-Sabía que vendrías, Charles, no me has defraudado-susurró, tan débil que tuve que acercarme un poco más para escucharle mejor-. Dentro de pocos minutos vendrá el señor Keatin. Solo te pido que le hagas caso en todo cuanto te indique. No hagas preguntas, no serán necesarias. Yo te diré todo cuanto has de saber, mi buen y fiel amigo. Sufro de una rara enfermedad que me consume día tras día; como puedes ver apenas soy capaz de hablar. Tu aportación para mi recuperación es sencilla: deberás entrar en un sueño profundo, en el que, seguramente, tendrás extrañas y pesadas visiones. No temas, pues al despertar comprobarás que yo vuelvo a ser el gracioso Bernard que recuerdas, y tu único sacrificio será el haber sufrido el acoso de unas cuantas y breves pesadillas. 

No dijo nada más, aparte de añadir un escueto, pero sincero, agradecimiento de antemano por las molestias que me estuviera causando. La verdad sea dicha, no me hacía gracia aquella situación. Nunca me ha gustado someterme a la voluntad de otras personas, sentirme indefenso y a merced de los demás, sabiendo que podrían aprovecharse de mi situación de indefensión. Pero me dije que todo se debía a una buena causa, y que gracias a mi pequeño sacrificio pronto tendría a mi amigo Bernard de vuelta. Lo cierto es que, después de lo aterrador que suponía verle en aquel estado, me dije que sufrir unas cuantas pesadillas no sería nada en comparación al sufrimiento que Bernard debía estar experimentando, así que, pese a mis secretas reticencias iniciales, cuando poco después escuché las pisadas provenientes de las escaleras y que anunciaban la llegada del buen mayordomo, recobré la compostura. Me sometería a la petición de mi amigo. Al fin y al cabo nada tenía que temer de quien, sin duda, habría dado mi vida para que me recuperara de haber estado yo en su misma situación.  

miércoles, 3 de enero de 2018

LA NOCHE ES JOVEN - PARTE 1



Recuerdo a mi amigo Bernard de los tiempos en que yo era un don nadie y él, con su porte altivo y elegante, acompañado por su estricta educación londinense, tenía sus constantes escarceos con la alta sociedad inglesa, sin llegar a ser un aristócrata. Los dos proveníamos de familias humildes, pero a diferencia de mí, mi buen amigo Bernard había sabido ascender los suficientes peldaños para que la alta sociedad le tuviera siempre en cuenta , sobre todo cuando se trataba de dar vida a las fiestas que, de no haber contado con su presencia, sin lugar a dudas jamás hubiesen estado en boca de todos en días posteriores. ¿Cómo había hecho para llegar tan lejos, aun sin alcanzar a destacar? La verdad, nunca me lo dijo. Su actitud, la mayor parte del tiempo alegre y vivaz, se tornaba esquiva y sombría cuando se me ocurría preguntarle por tales asuntos, como si algún secreto que temiera compartir le atormentase, aunque por aquel entonces yo prefería pensar que simplemente Bernard era de la opinión de que ciertos aspectos de su vida privada no me concernían, a pesar de nuestra larga amistad, la cual nos profesábamos desde nuestra más tierna infancia. 

Todo el que le conocía hablaba de su maestría con las palabras, de su aguzada retórica con la que lograba engatusar a caballeros y a damas por igual, de su sentido del humor con el que se ganaba hasta a los más austeros en dicha virtud, y de un encanto especial que nadie sabía definir con precisión. Sin embargo, cualquiera al que se le preguntase acertaba a decir que su primera impresión al ver al estiloso Bernard difería mucho de lo que, a la postre, acabarían pensando de él. Pues mi amigo era un tipo de rasgos angulosos y tez pálida, con los ojos pequeños y negros, y los pómulos marcados, aquilino, que transmitía con su mirada una gelidez que provocaba escarcha hasta en las flores de la incipiente primavera. Carecía de barba, mas su cabello de obsidiana era generoso y lacio y ondeaba con cada movimiento como si tuviera vida propia, despidiendo reflejos de plata hasta en lugares en los que la luz era más tenue. Además era un personaje esbelto, que vestía capa, sombrero de copa y guantes hasta en verano, como si su sangre estuviera helada o carente de movimiento. No obstante, cuando se les acercaba todos sucumbían a su trabajada personalidad, que siempre definían como seductora. Cuando sonreía, sus dientes deslumbrantes anulaban hasta las más férreas voluntades; cuando susurraba al oído su voz transmitía la sensación de poseer la facultad de levitar. 

Normalmente, mi amigo y yo solíamos vernos una vez por semana, o cada dos, para ir a algún pub los viernes por la noche. Allí era donde yo acababa cuestionándome el motivo de haber concertado una cita con Bernard si al final siempre acababa dejándome solo, con mi cerveza y la visión de él rodeado de jóvenes mujeres, sufriendo de esa envidia que dicen que es sana pero que de sana nada, porque no causa beneficio alguno ni placer. Mientras todo aquello sucedía yo siempre me prometía que algún día le preguntaría acerca de su secreto, cómo hacía para llevarse el protagonismo cada noche. Pero nunca llegué a atreverme. Quizás por el temor a averiguar algo que no me acabase gustando, o simplemente por respeto a Bernard. Algunas veces él alardeaba de que la seguridad en sí mismo era la clave, no obstante eso era algo que cualquiera podría decir, siendo una verdad a medias.

Una tarde de invierno de 1873 recibí una carta. Era, cómo no, de Bernard. Hacía ya casi dos meses que no nos veíamos, algo verdaderamente inusual y preocupante. Tampoco había tenido noticias suyas hasta ese momento, y yo, que me había dicho que debía hacerle una visita por si acaso le ocurría algo de lo que debía preocuparme, había acabado por posponer ese momento debido a un sinfín de compromisos laborales y también personales que, en esa época, me tenían casi tan atado como lo estaría un loco en un centro psiquiátrico con su camisa de fuerza.

 El contenido de la misiva era desconcertante, a la par que apremiante. Decía así:

Mi queridísimo Charles,

Siento no haber dado señales de vida en las últimas semanas. Estarás preocupado por mí, por ello también te pido disculpas. Lo cierto es que me aqueja un mal que me mantiene postrado en mi lecho, por lo cual las palabras que ahora lees no son de mi puño y letra, sino que las estoy dictando a mi buen mayordomo, el señor Keatin. Necesito que vengas con premura, pues sé que tu compañía me dará fuerzas. Eres el único ser de esta tierra en el que me he permitido depositar mi amistad, así que si no sobrevivo, al menos, me gustaría contar con tu compañía en mis últimas horas. Aunque espero no sea así, ya que creo conocer el secreto de la cura de esta enfermedad que me consume. Y solo tú puedes prestarme la ayuda que preciso. Ven pronto, te lo ruego. 

Con mi más profunda gratitud,

Bernard

No lo dudé ni un instante. Me puse la ropa de abrigo y salí de mi casa.

CIELO TINTO

Siempre preferiste el vino a la cerveza, el horizonte rojo de las tardes me lo recuerda. Es como si una copa de tinto se derramase entre las...